Los obreros de la digestión intestinal

May 3, 2019 | Recomendaciones

En estadísticas europeas se estima que la prevalencia de enfermedades articulares puede llegar hasta un 40 % en adultos. La articulación más afectada es la rodilla, pero también se suelen afectar los hombros, dedos, columna vertebral y cadera.

«Toda enfermedad comienza en el intestino.»

Hipócrates

Para comprender en toda su dimensión la cita del padre de nuestra medicina, debemos pensar en el cuerpo humano como en un planeta habitado por una inmensa variedad y cantidad de microorganismos ―tengamos en cuenta que alberga muchas más bacterias que células―, de cuyo equilibrio depende en gran parte el correcto funcionamiento de nuestro organismo (1).

La colonia más grande está ubicada en nuestro sistema digestivo. Para hacernos una idea, un adulto sano vive en armonía con entre 1,5 y 2 kg de estos microorganismos, sin los cuales la vida no sería posible. El tracto gastrointestinal está poblado por hasta 100 trillones de células bacterianas, lo que quiere decir que hasta el 90% del total de las células del cuerpo humano serían bacterianas; en su conjunto, dichos microorganismos son denominados «microbiota». Hasta el momento, han sido descubiertas 2000 especies de bacterias clasificadas como microbiota. Nuestra salud cerebral, intestinal, cutánea y pulmonar depende en gran medida del equilibrio de esta flora. Tal equilibrio se debe alcanzar entre las bacterias patógenas y la flora beneficiosa o amigable; esta última está constituida principalmente por bifidobacterias, lactobacterias, propionibacterias y algunas subespecies de E. coli, peptostreptococci y enterococci (2).

Los bebés nacen con el intestino estéril, y es durante los primeros veinte días de vida cuando la superficie de su intestino virgen queda poblada por una mezcla de microbios que constituirán su flora intestinal, la cual tendrá un impacto muy importante en la salud del niño durante el resto de su vida. ¿De dónde proviene esta flora intestinal? Principalmente de la madre, al comienzo de la vida a través del parto. Dado que ciertas especies de bacterias deben predominar para mantenernos física y mentalmente saludables, y a la vista de su compleja organización, podemos decir que su papel en nuestra salud es esencial (3).

La lactancia también se revela como un factor crucial, puesto que la flora de los lactantes alimentados con leche materna es diferente a la de los bebés alimentados con fórmula. Otros factores como la dieta y el abuso de antibióticos comprometen la calidad de la flora intestinal, lo que puede ocasionar que 500 especies de patógenos y microbios diferentes aumenten. Cuando la bacteria beneficiosa se destruye, los oportunistas crecen en grandes colonias ocupando gran parte del tracto digestivo (4). De acuerdo con lo evidenciado clínicamente en pacientes con disbiosis intestinal (flora intestinal anormal), sus progenitores también la padecían en un alto porcentaje. Los problemas más comunes que presentan son disfunciones digestivas, alergias, autoinmunidad, fatiga crónica, síndrome premenstrual, dolores de cabeza y afecciones cutáneas (5, 6).

De entre las funciones que la flora intestinal lleva a cabo ―tan vitales para nosotros que si un día esta quedase estéril probablemente no sobreviviríamos―, la primera y más importante es la digestión absorción de los alimentos (7).

Si un bebé no adquiere una flora intestinal apropiada, no podrá digerir y absorber los alimentos adecuadamente, pudiendo desarrollar deficiencias nutricionales, lo que posteriormente repercutirá en dificultades de aprendizaje, problemas psiquiátricos y alergias, como se ha observado en niños y adultos con problemas de malnutrición. Y aun en el caso de que estos niños crezcan sin complicaciones, como en ocasiones sucede, un análisis básico revelará deficiencias en minerales importantes, vitaminas, ácidos grasos esenciales, aminoácidos y otros nutrientes. Las carencias más comunes son de magnesio, zinc, selenio, cobre, calcio, manganeso azufre, fósforo, hierro, potasio, vanadio, boro, vitaminas A, B1, B2, B3, B6, B12, C, D, ácido fólico, ácido pantoténico, ácidos grasos omega 3-6-9, taurina, ácido alfa-cetoglutárico, glutatión y muchos otros aminoácidos. Esta lista habitual de deficiencias nutricionales incluye muchos de los nutrientes esenciales para el desarrollo normal y el funcionamiento del cerebro, del sistema inmune y del resto de mecanismos del cuerpo (8).

Además de la absorción y digestión de los alimentos, la flora intestinal sintetiza varios nutrientes: la vitamina K, el ácido pantoténico, el ácido fólico, la tiamina (vitamina B1), la riboflavina (vitamina B2), la niacina (vitamina B3), la piridoxina (vitamina B6), la cianocobalamina (vitamina B12), así como varios aminoácidos y proteínas. Las pruebas efectuadas a pacientes que sufren de disbiosis intestinal siempre arrojan deficiencias en estos nutrientes, cuyo tratamiento ideal, como la experiencia clínica ha demostrado, es la restauración de la flora intestinal (9).

Así pues, no es casualidad que la mayoría de los niños y adultos con disbiosis severa muestren diversas etapas de anemia y alteraciones del crecimiento por malnutrición (10). Para tener una sangre saludable, el cuerpo demanda cierta cantidad de nutrientes tales como las vitaminas (A, B1, B2, B3, B6, B12, K, D, etc.), minerales (Fe, Ca, Mg, Zn, Co, B, etc.) y aminoácidos esenciales y grasos. Los citados pacientes no solamente no absorben los nutrientes de los alimentos, sino que la propia producción de muchos de estos nutrientes en el cuerpo se encuentra deteriorada. Y no solo eso: una flora intestinal dañada generalmente hace proliferar en los intestinos grupos particulares de bacterias patogénicas que, además, tienen predilección por el hierro (Actinomyces spp., Mycobacterium spp., especies patógenas de E. coli, Corynebacterium spp. y muchas otras) y que por tanto consumen el contenido en los alimentos, provocando una deficiencia de este elemento esencial. Desafortunada pero lógicamente, ingerir suplementos de hierro logra que la bacteria se fortalezca aún más sin remediar la anemia, cuyo tratamiento solo será efectivo con la participación de los nutrientes anteriormente mencionados, muchos de los cuales son producidos en una flora intestinal sana (11).

Esta halla su razón de ser en las bacterias beneficiosas que viven en el epitelio intestinal, las cuales digieren los alimentos y los convierten en sustancias nutritivas para el revestimiento intestinal. De hecho, se estima que el epitelio intestinal obtiene entre un 60 y un 70% de su energía a través de la actividad bacteriana. La mucosa intestinal, que constituye la barrera más grande que nos separa del mundo exterior, controla y previene la afluencia de la mayor cantidad de bacterias y otros posibles invasores. La habilidad para controlar la invasión de material patógeno se denomina «función de la barrera mucosa»; un inadecuado funcionamiento de dicha barrera puede ser reparado por subespecies de bacterias como Lactococcus lactis W19 (12).

Por otra parte, la alteración de la mucosa intestinal con aparición de heridas y deterioro de la flora desencadena lo que ha dado en llamarse «síndrome de intestino permeable con disbiosis intestinal», el cual ha sido puesto en relación por numerosos estudios clínicos con la aparición de enfermedades emocionales, alergias, alteraciones cutáneas, etc. (13) ―de entre las enfermedades de tipo cognitivo/emocional, valga citar los trastornos del espectro déficit de atención con y sin hiperactividad (TDA/TDAH), la dislexia, la dispraxia verbal (dificultad para hablar), la depresión, el trastorno obsesivo-compulsivo y otras afecciones psiquiátricas y neuro-psicológicas en niños y adultos (14)―. De hecho, en la práctica clínica es frecuente encontrar dolencias intestinales acompañadas por alteraciones de tipo emocional. Así, un paciente con dislexia y/o hiperactividad frecuentemente presentará problemas digestivos (15).
Ello asimismo explica por qué al examinar a pacientes con enfermedades mentales y de aprendizaje con frecuencia encontramos que estas van acompañadas de afecciones físicas, tales como trastornos digestivos, malnutrición, alergias, asma, eccemas, cistitis crónica y cándida (16).

¿QUÉ OTROS CASOS DE DISBIOSIS INTESTINAL CONOCEMOS?

Un correcto funcionamiento de la flora intestinal es condición indispensable para un sistema inmune sano, ya que las bacterias beneficiosas del intestino aseguran la producción apropiada de las diferentes células inmunitarias. El sistema inmune cuenta con dos «ejércitos» principales: en primer lugar, las Th1 (células T ayudante tipo 1), que promueven la inmunidad mediada por células y cuya labor es luchar contra las infecciones localizadas en las membranas mucosas, piel y células interiores, es decir, aquellas partes en las que el cuerpo mantenga contacto con el mundo exterior. En consecuencia, se trata de la primera y muy eficaz barrera ante cualquier infección en el cuerpo. La IgA se halla asignada a este sistema, al igual que la interleucina 2 (IL-2), la interleucina 12 (IL-12) y el interferón gamma, entre otras sustancias.

Como ya hemos visto, la flora del intestino sano desempeña un papel extremadamente importante en el mantenimiento de esta área del sistema inmune. Por consiguiente, cuando esta se encuentra dañada, el sistema inmune comienza a dejar pasar toxinas y microbios a través del organismo. Es en este contexto en el que el cuerpo utiliza el segundo de los mencionados «ejércitos», activando las Th2 (células T ayudante tipo 2), responsables de la inmunidad humoral o inmunidad de los líquidos del cuerpo. Los principales contendientes en este sistema son las interleucinas 4, 5, 6 y 10, el interferón alfa y la inmunoglobulina E (IgE), esta última el «maestro» de las reacciones alérgicas en el cuerpo y sumamente activa en personas con asma, eccemas, fiebre del heno y otras alergias. En una flora intestinal anormal, el sistema Th2 se hiperactiva, lo cual predispone a sufrir reacciones atópicas o alérgicas, inflamación crónica y enfermedades autoinmunes, entre otros muchos otros efectos indeseados. Los seres humanos necesitamos las células Th1 y Th2 en nuestro cuerpo, pero tienen que estar en equilibrio. El desequilibrio entre las células Th1 y Th2 ―por otra parte necesarias para un correcto funcionamiento orgánico― constituye un cuadro típico de infecciones virales crónicas, alergias, síndrome de fatiga crónica, candidiasis, asma, eccemas, autismo y otras afecciones. ¿Por qué? Porque todas estas enfermedades, aunque parezcan muy diferentes, tienen una cosa en común: una disbiosis intestinal o una flora intestinal anormal (17).

Es más: la toxicidad producida por una población microbiana anómala establece una conexión entre el intestino y el cerebro que puede conllevar numerosas patologías. Así pues, restablecer la flora intestinal y tratar el sistema digestivo del paciente deberían constituir un punto de partida prioritario en el tratamiento de dichos trastornos (18).

LAS ALERGIAS

El estado de la flora intestinal desempeña un papel fundamental en las alergias alimentarias. Tanto la flora como el sistema inmunitario de los pacientes con alergias pueden mejorar mediante la dieta y los probióticos; la experiencia clínica, de hecho, demuestra que una gran cantidad de alergias alimentarias mejoran cuando sana el intestino. Mientras tanto, y de forma transitoria, es una buena idea excluir de la dieta aquellos alimentos que conllevan intolerancias y/o alergias (19, 20).
Sabemos que ciertas bacterias oportunistas, una vez fuera de control como consecuencia del daño en la flora autóctona, consiguen acceder a las paredes del intestino y producen fugas que dañan su integridad. Por ejemplo, los microbiólogos han observado que, en el caso de las bacterias oportunistas de las familias Spirillaceae y Spirochaetaceae, es común que aparten las células intestinales debido a su forma en espiral, adquiriendo la habilidad de destruir la integridad de la pared intestinal, de modo que se permite la entrada de sustancias que normalmente no entrarían. La Candida albicans ha demostrado esa misma habilidad, ya que sus células se adhieren al revestimiento intestinal y hunden literalmente sus raíces en la pared, produciendo fugas. De ese modo, los alimentos parcialmente digeridos atraviesan estos «agujeros» y se filtran hacia el torrente sanguíneo, donde el sistema inmune los reconoce como extraños y los ataca. De esta sencilla manera es como se desarrollan las alergias e intolerancias: los alimentos no tienen oportunidad de ser apropiadamente digeridos antes de su absorción a través de la pared intestinal dañada. En muchos casos, cuando la pared intestinal se recupera, las alergias desaparecen (21).

Las consecuencias de una pared intestinal dañada, con fugas y filtraciones de sustancias tóxicas que llegan al cerebro, pueden dar lugar a la aparición de muy distintos trastornos: una vez en la sangre, los alimentos parcialmente digeridos desencadenan reacciones inmunes muy complejas (como alergias o intolerancias alimentarias) que son capaces de iniciar patologías. La situación se ve agravada por la combinación de toxinas y alimentos parcialmente digeridos, que fluye del intestino al cerebro y causa una actividad eléctrica anormal (22).

 

LOS COMPLEMENTOS ALIMENTICIOS

Aunque la dieta debería ser la principal estrategia terapéutica en pacientes con disbiosis intestinal, los complementos alimenticios también pueden resultar enormemente beneficiosos e incluso esenciales. Los más recomendables para los pacientes con disbiosis son los siguientes:

  • Probióticos.
  • Ácidos grasos esenciales.
  • Enzimas digestivas.
  • Complementos alimenticios de vitaminas y minerales.

 

Los probióticos

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los probióticos son «micro-organismos vivos que cuando se administran en cantidades adecuadas aportan beneficios para la salud». Ello es debido a que en su mayoría son similares a la flora que se encuentra naturalmente en el intestino (23).

Estas bacterias suelen pertenecer a dos géneros: Lactobacillus o Bifidobacterium, dentro de cada uno de los cuales existen varias especies (Lactobacillus acidophilus o Bifidobacterium bifidum, por ejemplo); dentro de las cuales, a su vez, encontramos subespecies (como el Lactobacillus acidophilus W22). Estudios recientes han podido corroborar cómo las cepas Lactococcus y Lactobacillus pueden inhibir el crecimiento de hongos de la familia de la cándida. Cada una de estas bacterias posee sus propias características y, por lo tanto, produce diferentes efectos en el cuerpo. Por poner un ejemplo, la subespecie Lactococcus lactis W19, que se encuentra de manera natural en los productos lácteos y en determinada materia vegetal, ha demostrado ser capaz de inhibir el crecimiento de la cándida en experimentación in vitro (24).

Los probióticos representan una herramienta útil, pero es necesario conocer ciertas pautas previas que nos ayudarán a elegirlos. Cuando escogemos un probiótico, es vital que contenga varias cepas de bacterias y que estas lleguen intactas a donde deben actuar, evitando ser desactivadas por los ácidos del estómago. Hay que tener en cuenta que las bacterias de muchas presentaciones de probióticos son destruidas por las condiciones ambientales antes de ser consumidas por el paciente, lo que obliga a prestar especial atención a la marca que se decide consumir. Para que un producto a base de probióticos sea eficaz, las bacterias deben estar en perfectas condiciones y ser activadas en su lugar de acción, aportando en cualquier caso la cantidad y variedad de bacterias necesarias para restablecer el equilibrio intestinal (25).

Por otra parte, se ha demostrado que los probióticos que contienen múltiples especies son más eficaces que los que albergan una sola, puesto que cada bacteria actúa en múltiples niveles (mucosa de tracto intestinal, inmunidad, etc.), ayudando a restablecer en la microbiota el equilibrio primordial, alterado por una dieta no equilibrada, los viajes y el estrés emocional, a los que se suman los factores ya comentados Los probióticos combaten el crecimiento de bacterias patógenas ―el cual, dependiendo del tipo de patógeno, puede ocasionar problemas a corto o largo plazo― mediante la producción de ácido láctico y diferentes sustancias bactericidas.

A continuación se incluye una lista de dolencias para las que los probióticos pueden ser útiles (26).

  • Diarreas infecciosas.
  • Diarrea del viajero.
  • Estreñimiento.
  • Diarrea asociada al uso de antibióticos.
  • Enfermedad de Crohn.
  • Colon irritable.
  • Infecciones del tracto urinario.

Algunos mecanismos a través de los cuales los probióticos podrían modular esta respuesta son:

  • Inhibición de patógenos como medio de restaurar la homeostasis bacteriana.
  • Refuerzo de la barrera epitelial intestinal.
  • Modulación de la respuesta inmune.

Dicho esto, hay que tener en cuenta que, para que un probiótico pueda funcionar, además de contener la variedad adecuada de bacterias, es importante que pueda evitar ser destruido por la acidez estomacal. En este sentido, ciertos estudios realizados sobre determinados probióticos han corroborado que la combinación de prebióticos (elementos que nutren las bacterias) y probióticos permite que las baterías puedan vivir más tiempo en el intestino y así actuar donde se necesite (27, 28).

Para finalizar, y retomando la cita de Hipócrates, debemos concluir que nuestra salud depende en gran parte de la de nuestro intestino. Y aunque para tal fin la nutrición constituye el principal factor a tener en cuenta, sin embargo en muchos casos los probióticos pueden facilitar una recuperación más rápida y duradera de nuestro intestino y, por ende, de nuestra salud (29).

BIBLIOGRAFÍA

1. Shah, N. P. (2007): «Functional cultures and health benefits», International Dairy Journal, 17 (11): 1262-77.

2. Fuller, R. (1989): «Probiotics in man and animals», Journal of Applied Bacteriology, 66 (5): 365-78.

3. Horvath, K.; Papadimitriou, J. C.; Rabsztyn, A. et al. (1999): «Gastrointestinal abnormalities in children with autistic disorder», The Journal of Pediatrics, 135: 559-63.

4. Krasnogolovez, V. N. (1989): «Colonic disbacteriosis», Medicina, 1989.

5. Absolon, C. M. et al. (1997): «Psychological disturbance in atopic eczema: the extent of the problem in school-aged children», British Journal of Dermatology, 137 (2): 241-5.

6. Reichelt, K. L. et al. (1990): «Gluten, milk proteins and autism: dietary intervention effects on behaviour and peptide secretion», Journal of Applied Nutrition, 42: 1-11.

7. Lahtinen, S. J. (2012): «Probiotic viability – does it matter?», Microbial Ecology in Health and Disease, 23: 10-14.

8. Kirjavainen, P. V.; Apostolou, E.; Salminen, S. J.; Isolauri, E. (1999): «New aspects of probiotics – a novel approach in the management of food», Allergy, 54 (9): 909-15.

9. Guarner, F.; Malagelada, J. R. (2003): «Gut flora in health and disease», The Lancet, 361 (9356): 512-9.

10. Singh, V. K. (2001): «Neuro-immunopathogenesis in autism», en Berczi, I.; Reginald, M. y Gorczynski, R. M. (eds.), New Foundation of Biology, Ámsterdam, Elsevier BV Press, pp. 447-58.

11. Felis, G. E. y Dellaglio, F. (2007): «Taxonomy of lactobacilli and bifidobacteria», Current Issues in Intestinal Microbiology, 8 (2): 44-61.

12. Hechard, Y. et al. (1990): «Antagonism of lactic acid bacteria from goats’ milk against pathogenic strains assessed by the “sandwich method”», Letters in Applied Microbiology, 11 (4): 185-8.

13. Cade, R. et al. (2000): «Autism and schizophrenia: intestinal disorders», Nutritional Neuroscience, 3 (1): 57-72.

14. Ferrari, P. et al. (1988): «Immune status in infantile autism: Correlation between the immune status, autistic symptoms and levels of serotonin», Encephale, 14: 339-44.

15. Horvath, K.; Papadimitriou, J. C.; Rabsztyn, A. et al. (1999), op. cit.

16. Absolon, C. M. et al. (1997), op. cit.

17. Galdeano, C. M. y Perdigón, G. (2004): «Role of viability of probiotic strains in their persistence in the gut and in mucosal immune stimulation», Journal of Applied Microbiology, 97 (4): 673-81.

18. Isolauri, E.; Sütas, Y.; Kankaanpää, P.; Arvilommi, H. y Salminen, S. J. (2001): «Probiotics: effects on immunity», American Journal of Clinical Nutrition, 73 (2): 444S-450S.

19. Ib..

20. Dohan, F. C. (1969): «Is celiac disease a clue to pathogenesis of schizophrenia?», Mental Hygiene, 53: 525-9.

21. Macfarlane, G. T. y Cummings, J. H. (1999): «Probiotics and prebiotics: can regulating the activities of intestinal bacteria benefit health?», British Medical Journal, 318 (7189): 999-1003.

22. Galdeano, C. M. y Perdigón, G. (2004), op. cit.

23. Hechard et al. (1990), op. cit.

24. Gibson, G. R. y Roberfroid, M. B. (1995): «Dietary modulation of the human colonic microbiota: introducing the concept of prebiotics», Journal of Nutrition, 125 (6): 1401-12.

25. McFarland L. V. (2006): «Meta-analysis of probiotics for the prevention of antibiotic associated diarrhea and the treatment of Clostridium difficile disease», American Journal of Gastroenterology, 101 (4): 812-22.

26. Ziemer, C. J. y Gibson, G. R. (1998): «An overview of probiotics, prebiotics and synbiotics in the functional food concept: perspectives and future strategies», International Dairy Journal, 8 (5-6): 473-9.

27. Berg, R. D. (1998): «Probiotics, prebiotics or “conbiotics?», Trends in Microbiology, 6 (3): 89-92.

28. Salminen, S. J.; Gueimonde, M. e Isolauri, E. (2005): «Probiotics that modify disease risk», Journal of
Nutrition, 135 (5): 1294-8.

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